Heroínas de la ruralidad: “Yo sueño a mi comunidad”

Desmitifiquemos una de las mayores creencias que hay sobre la figura de las Heroínas: el mito de que en todos los casos trabajan solas y no necesitan de nadie para lograr sus hazañas. En verdad esa es una afirmación falsa.

Partamos porque en la cultura pop se ha demostrado en repetidas ocasiones que hay retos que las Heroínas no pueden superar solas. Por ejemplo, ¿hubiera podido la princesa Leia derrotar a Darth Vader sin la ayuda de Luke, Han Solo o Chewbacca? o ¿la Liga de la Justicia se podría mantener sin el tridente original de la Mujer Maravilla, Batman y Superman? o incluso ¿Sarah Connor se hubiera convertido en esa mujer temeraria sin la ayuda del Terminator? Son ejemplos que pasan en los cómics y en el cine y también en la vida real.

El caso es que nuestras Heroínas de hoy no hubieran logrado sus hazañas por caminos separados. Sandra y Sixta Campos son una dupla maravilla de la zona norte de Bolívar, que se enfrentaron con valor a la violencia armada, al desplazamiento, al rechazo y al olvido.

Sandra y Sixta son hermanas, por eso comparten el apellido “Campos”. Ambas viven en las inmediaciones de la finca Silverio, ahí cerquita de San Estanislao de Kotska o Arenal, como prefieran llamarlo, una tierra caliente y acogedora.

Sandra es de contextura delgada, ojos cafés, cabello rizado, buena entonación y de altura promedio, mientras que Sixta es de contextura gruesa, cabello corto y sonrisa amable. Ambas son de tez morena. Ambas tienen hijos. Ambas son lideresas.

Sandra Campos.

La unión hace la fuerza

Para llegar a Silverio, el viaje se tarda una hora y media por carretera desde Cartagena de Indias. Ya sea en bus o en transporte privado, hay que bajarse en la vía que conduce a San Estanislao y caminar unos diez minutos hasta cruzar una trocha, luego otros cinco minutos hasta encontrar la primera casa, la de Sandra, que como muchas de las demás casas está construida con madera.

En Silverio llevan viviendo desde 2018, año en el que salieron con miedo desde su antiguo caserío por las constantes amenazas y atentados contra las vidas de sus pobladores. Antes de habitar aquí, las familias ocupaban un predio de 140 hectáreas en la vereda Púa desde hace más de una década, y lo habían convertido en un lugar seguro y tranquilo para ellos.

Los problemas comenzaron cuando un vecino fue asesinado en mayo de 2013 y empezaron a llegar amenazas de muerte contra los líderes comunitarios y la comunidad en general.

En una situación como esta se siente miedo. Esa es una sensación que nadie debería tener y más cuando la solución para que dejen de amenazarlos es abandonar sus tierras. Pero el no querer abandonarlas fue lo que motivó a los habitantes de Púa a resistir.

En Púa convivían 50 familias cuando comenzaron las amenazas. Un año después, en abril de 2014, se dio el primer desalojo ilegal de quienes querían las tierras y fueron desplazadas 38 familias. Antes de migrar, a los habitantes les quemaron las casas, los golpearon, les condenaron los caminos, entre otros actos inhumanos.

Uno de los mayores actos heroicos de nuestro dúo de Heroínas fue el proceso que lideraron con la Defensoría del Pueblo para tutelar al Estado y que se respetaran sus derechos. La tutela dio lugar a una sentencia que obligaba al Distrito de Cartagena, a la Unidad de Víctimas, al ICBF y a Incoder a clarificar los terrenos para que se iniciara la titulación de los terrenos que habitaban las familias.

Sin embargo, la tranquilidad duró poco tiempo. Las amenazas nunca dejaron de llegar, más bien se incrementaron. Cada vez eran más violentas e invasivas.

Con un sinsabor, los líderes de Púa decidieron hacer un proceso de retorno y reubicación con tal de proteger sus vidas. Pero fue solo hasta diciembre de 2017 que se dio el traslado, casi dos años después de que fue solicitado.

La Agencia Nacional de Tierras fue la entidad encargada de la reubicación. Se delegaron unos vehículos para transportar a la familias hasta su nuevo hogar, pero solo sirvieron para movilizar a 12 familias, mientras que las 18 restantes se quedaron en sus cambuches esperando que regresaran por ellas. Eso nunca pasó.

Las familias que tuvieron la suerte de llegar a Silverio se encontraron con un terreno lleno de excremento que servía como pastizal de ganado. Mientras tanto en Púa, luego de que se fueron las primeras familias, aparecieron panfletos que decían que iba a ocurrir una masacre si no se iban las familias restantes.

Sandra, Sixta y otros líderes sacaron de sus propios bolsillos, prestando dinero a familiares y gota a gota, para traer a las familias que quedaban en Púa. Apenas estas salieron de los terrenos, entraron hombres y quemaron el esqueleto del caserío para asegurarse de que no volvieran.

Sixta Campos.

La meta de la prosperidad

Hoy en día, dos años después del desplazamiento, las familias han convertido a Silverio en un lugar donde se respira la tranquilidad que ansiaban tener. Pese a que los habitantes están agradecidos por la reubicación, sienten un completo abandono estatal.

De acuerdo con Sandra, no todas las casas cuentan con acceso a energía eléctrica (que entre otras cosas, están conectados de forma ilegal por la falta del suministro), no cuentan con letrinas o espacios seguros para ducharse, las personas deben exponerse a los peligros de la intemperie al hacer sus necesidades, tampoco cuentan con una fuente de agua potable, por lo que deben recoger agua de lluvia o de quebradas y riachuelos.

Con Sandra y Sixta hemos trabajado desde que vivían en Púa. Ahora en Silverio hemos instalado baños secos y kits solares, entregado filtros potabilizadores y en los últimos meses hemos apoyado con la entrega de ayudas humanitarias, incluyendo alimentos e implementos de aseo personal.

Sandra y Sixta son una dupla de Heroínas que nos enorgullecen y que nos demuestran que el trabajo en equipo es el principal motor para liderar. Ellas forman parte de una historia que aún no encuentra un final feliz, pero que se está construyendo para que las nuevas generaciones vivan por fin en paz.


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