Heroínas de la ruralidad: “A mí me gusta enseñar”

Hoy nuestro sendero nos transporta a la zona árida del norte de nuestra geografía Colombiana, La Guajira. Aquí conoceremos la historia de Diana Carolina Jusayu, una joven wayúu comprometida con la educación de los más pequeños en su comunidad y que se enfrenta a diario a grandes retos, como la falta de agua y energía eléctrica.

Diana es una mujer joven, de tez morena, rasgos fuertes y voz enérgica para hablar con propiedad de sus costumbres wayúu y de cómo la mujer es uno de los pilares fundamentales en su cultura. Ella nos recibe sentada en una pequeña banca, al son de un vaso de chirrinchi, que en esta región es una bebida tradicional hecha a base de guarapo. Hoy está vestida con una manta larga tejida por su abuela y que está estampada con flores en tornos azules, amarillos y carmesí.

En medio de la bienvenida, Diana señala una pila de tanques vacíos que están al lado de un par de pimpinas a medio llenar. Ella cuenta que en su casa no tiene acueducto y que no hace mucho regresó de traer el agua que usa en sus quehaceres diarios. Diariamente le toca caminar durante varios minutos para sacar agua de un pozo. En su comunidad nadie cuenta con acceso a agua potable y la tarea Diana es replicada por los miembros de cada familia.

Diana vive en Villa Fausto, muy cerquita de Uribia, a una hora y media de Riohacha. Aquí ha vivido durante toda su vida con su familia, conformada por su madre, Juana Pushaina, y sus dos hijos, Reykler Johan Jusayu y Naila Gómez Jusayu. Ella tiene 25 años, es bachiller y trabaja como etnoeducadora. En su tiempo libre teje, escribe y juega con sus hijos. Le gustan las películas de romance, las canciones de Iván Villazón, el chivo asado y el jugo de patilla.

A su corta edad, Diana posee un poder descomunal que se adquiere con la experiencia: mantener viva en las nuevas generaciones su herencia indígena.

En esta subregión de La Guajira más del 90% de la gente es de la etnia wayúu. Las rancherías que están cerca de Uribia, como lo es Villa Fausto, se convierten en lugares de paso para los visitantes de los distintos clanes que van a comerciar ahí. Desde hace unos años, esta subregión también ha recibido a cientos de migrantes venezolanos que cruzan la frontera hacia nuestro país en busca de mejores oportunidades.

Uno de los problemas frecuentes tiene que ver con la energía eléctrica. En la zona urbana se presentan apagones varias veces al día y la situación en las zonas rurales es peor, en Villa Fausto por ejemplo, la mayoría de las familias no tienen energía eléctrica ni alumbrado público, y las casas en las que hay electricidad lo hacen por medio de conexiones artesanales con cables de alambre de púas. Esta práctica conlleva altos riesgos, porque en ocasiones los animales los rozan y reciben altas descargas.

Sin embargo, el problema que mas aqueja a la comunidad tiene que ver con la falta de agua potable. O con la falta de agua en general. Cada día nuestra Heroína camina durante varios minutos cargando pesadas pimpinas debajo de un sol que derrite para sacar agua de pozos artesanales, que normalmente están distantes de las rancherías.

Cuando hay periodos de sequías todo es peor. Como es lógico, los pozos se secan y a las personas les toca caminar por más tiempo o recurrir a personas o grupos privados que venden el líquido. En esta zona es común encontrarse con las llamadas “mafias del agua” que se dedican a la venta desde pimpinas a carrotanques de agua. Lo más barato, que son pimpinas de 10 a 15 litros, tienen un precio promedio entre 700 y mil pesos. Según la OMS, en sus quehaceres diarios, como cocinar, beber y para la higiene personal, una persona puede gastar hasta 100 litros de agua en promedio.

Estas mismas personas también venden el agua equivalente a llenar un recipiente de hasta 500 litros por un precio de 15 mil pesos. Estos alcanzarían para los usos diarios de hasta 3 días para una familia de 4 personas, con una buena moderación en el uso y consumo de agua.

En algunos casos, las familias de cada ranchería reúnen el dinero y compran carrotanques para poder abastecerse. Por ejemplo, un viaje de 4500 litros de agua les cuesta entre 100 mil y 150 mil pesos, dependiendo de la estación en que se encuentren.

Diana cree que gracias a la educación las nuevas generaciones podrán aportar a que haya una mejor calidad de vida en su comunidad. Para ella, en los más pequeños y en los jóvenes está la clave para lograr transformar su comunidad.

Hasta ahora ha trabajado como agente educativa y en fundaciones lúdicas en rancherías enseñando las materias básicas de nuestro sistema educativo y también sobre cultura, costumbres, historia y tradiciones de la comunidad wayúu.

Para nuestra Heroína piensa, su mayor enemigo al momento de educar es la deserción escolar, que va en aumento a medida que se secan los pozos y los jóvenes requieren más tiempo para caminar en busca de agua. Su sueño es poder convertir su hogar en una escuela que cuente con todas las condiciones mínimas para dar clases, desde pupitres y útiles escolares, hasta una fuente de agua segura para que sus alumnos consuman y puedan llevar a casa.

Si una lección nos queda de esta mujer luchadora y soñadora es que pese a las adversidades, a los retos y a las circunstancias que nos hacen querer desistir, si asumimos el compromiso de plantar y cuidar una semilla para tener un mejor futuro, el cambio germinará pronto. Nosotros creemos que ella representa perfectamente la definición de una Heroína de la ruralidad. También estamos seguros de que los sueños y logros de las personas definen su inmortalidad como héroes.


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